Se quedó con los brazos abiertos y no volvió a decir más nada.
Tenía tal gesto de dolor que aun con los ojos cerrados se le adivinaba la
Tenía tal gesto de dolor que aun con los ojos cerrados se le adivinaba la
pesadumbre de un buey herido de muerte. Respiraba sin resignarse a
las ráfagas de aire que lo despeinaban. Sabía muy bien que ese
viento sólo iba a prolongar su agonía. Le atormentaba pensar que las
hormigas le recorrerían las tripas y se sacudía con temblores al
sospechar que sus espaldas echarían raíces en el suelo.
Un delgado hilo de sangre corría por un costado de su cara.
"¿Por qué no se morirá de una vez?", -chirriaban los insectos que lo
rodeaban.
Pero él transpiraba como un caballo y exhalaba olor a alfalfa y a estopa
mojada. El dolor le había tomado todo el cuerpo y un jadeo de perros
se le agitaba en el cuello. De pronto, despertaba con los ojos
desorbitados como quien sale de los sueños más horrendos. No podía
desprenderse del sufrimiento que lo atormentaba y aun estando
dormido soñaba que le trituraban los riñones. Gritaba con
sobresaltos y repetía con la voz desgarrada:
"Ayúdenme a levantarme antes que llegue el invierno ".
Nadie respondía al reclamo que profería. Sólo una niña de cabellos negros
se acercó y le besó la frente, dejó una flor en sus labios y se sentó a su
costado. El moribundo vestía chaqueta blanca que todos sabían fue azul
marino, pantalones a cuadros raídos a la altura de los tobillos y un
sombrero de paja brillante con el ala quebrada.
Por un instante, pareció perder el gesto de dolor que sufría.
Reconoció el rostro de su madre en los rasgos de esa niña y balbuceó
con el mismo tono que bramaba que lo ayuden:
"Agua, por favor un poco de agua".
Intentó incorporarse pero se quebraron sus huesos de palo y se quedó
mirando el cielo aquel mastodonte en el suelo, mientras el viento continuó
sacudiendo su enorme lengua de trapo que tal vez en otros tiempos había sido
una corbata morada.