ALEJANDRO SOBRE LA TIERRA

            Alejandro adoraba los animales. Su casa era un gran gallinero con
            cobertizo de ramas y una malla de acero cubierta de vidrios de
            claraboya. Era uno más entre los gallos de riña, y leía "La esquina
            rosada" en los cuartos azules. Narraba historias terribles de los
            matones en "Buenos Aires" y soñaba con redimir al asesino de Iriarte
            Borda, sin embargo, con sus palomas jugaba a la gallina ciega y se
            vendaba los ojos con una pañoleta de seda. Trepaba los árboles con
            la astucia de las ardillas y se asomaba a los nidos a saludar a los
            pichones:
            "¡Pichulines!" "¡Picuchones!" - decía a los pájaros recién nacidos.
            Los domingos, apenas asomaba el sol, se juntaba con los polluelos a
            escarbar los rincones y descubrían gusanos enormes y lombrices de
            todos los colores. Pero al mediodía, almorzaba con las codornices en
            un jolgorio increíble y reía a carcajadas con las perdices y
            martinetas. Más tarde bajaba hasta el rincón de los gansos y
            graznaba entusiasmado acompañando con la cabeza el ritmo de la
            garganta. Pero los gansos, no simpatizaban con Alejandro. Lo
            soportaban muy poco tiempo. Enseguida se fastidiaban y lo
            correteaban como atolondrados. Tiraban picotazos al aire y gruñían
            insultos indescifrables. Entonces Alejandro les hacía pito Catalán y
            se retiraba burlándose del enojo de los gansos, gritándoles
            "¡Gansitos de Babilonia!" "¡Guardianes del Capitolio!" "¡Bichitos de
            la Mesopotamia!" con la voz aflautada y la risa entrecortada. Con
            las guineas era muy distinto. Ellas eran más astutas que las
            serpientes y desconfiaban hasta de su propia sombra. Jamás aceptaron
            a nadie que no fuera de la familia. Pero Alejandro, a fuerza de
            insistir y en virtud de su capacidad de observación, había aprendido
            la única palabra del idioma de las guineas: "tuflaca". En realidad
            nunca supo que quería decir exactamente esa palabra pero el se
            acercaba gritando "tuflaca-tuflaca-tuflaca", y las guineas lo
            rodeaban felices. Le picoteaban la suela de los zapatos y saltaban
            sobre sus brazos y permanecían horas posando sobre su cuerpo en un
            silencio muy profundo. Alejandro sabía que ese silencio albergaba
            todos los significados de las palabras del universo. Y gozaba
            íntimamente con la perfección de ese lenguaje que se articulaba
            únicamente en una sola palabra porque todo lo demás se decía con la
            rotunda densidad del silencio.
            Cuando se cansaba de soportar el peso de las guineas, volvía a
            pronunciar la única palabra de la lengua de estas aves y ellas
            empezaban inmediatamente a bajar de sus brazos en cruz.
            Bajaban en saltos extraordinarios y sumamente veloces. Entonces
            Alejandro se alejaba entonando esa palabra, saltando como los
            duendes y pisando sobre algodones.
            Los avestruces se morían de envidia cuando lo veían con las guineas
            y lo miraban de costado fingiendo indiferencia. Pero Alejandro los
            conocía muy bien, sacaba un puñado de caramelos del bolsillo de sus
            pantalones y ellos saltaban en una pata de contentos. Los más
            tímidos enterraban la cabeza en el suelo, pero la mayoría se
            acercaba sin vergüenza a quitar de entre sus dedos los caramelos
            abrillantados. Finalmente todos terminaban jugando al "Huevo
            podrido" y correteaban como potrillos por los jardines del
            gallinero. "Pajaritos" -les decía- "Pajarracos" -dándoles palmadas
            en el lomo y golpecitos en la nuca. En efecto los avestruces
            quedaban rebosantes de cariño y se retiraban a grandes zancadas
            radiantes de alegría con el buche lleno de azúcar y el corazón
            cuajado en almíbar.
            A media tarde, Alejandro llegaba a saludar a los pavos. Siempre les
            decía lo mismo: "¡Pavitos pavotes!" "¡Pavitos pavotes!". Y ellos
            saludaban con ese idioma grotesco que hablan los pavos. Con estos
            animales Alejandro tenía sumo cuidado. Se ofendían por cualquier
            cosa, se quejaban de todo el mundo y nunca estaban conformes con
            nada ni nadie. Alejandro ya sabía que ellos eran así. Entonces jamás
            les llevaba la contra, tomaba nota de todas sus quejas, fruncía el
            seño con sus denuncias terribles. "¡Pero que barbaridad!" -repetía
            entre quejas y quejas- "¡Esto no puede quedar así!" -continuaba
            fingiendo asombro.
            Alejandro, hacía muchos siglos que había descubierto que los pavos,
            le exigían a los otros, mucho más, de lo que se exigían a si mismos,
            y por eso no eran felices. Pero los escuchaba con infinita
            paciencia, confeccionaba una lista interminable con sus quejas y sus
            denuncias, anotaba en el papel de oficio sus rencores laberínticos y
            archivaba en su memoria sus retorcidos sentimientos. "¡Nada de esto
            pasará desapercibido!" -decía para dejarlos contentos- "¡Y tengan la
            seguridad de que van a llegar tiempos mucho peores!". Los pavos,
            encrespados de orgullo y violetas de odio, ni cuenta se daban del
            mensaje de esa frase. Arrastrando las plumas de sus alas y orondos
            como los reyes, se alejaban estornudando sus propios descontentos.
            Un día sobre el fin de la tarde, a orillas de la cañada de los
            pájaros, Alejandro celebró la danza del fuego. Un centenar de
            churrinches y otro tanto de petirrojos, una legión de cardenales y
            un sin fin de federales, revolotearon en torno al cuerpo de
            Alejandro. Su silueta en llamas danzó al ritmo del trino de las
            aves, con la gracia de una gacela y todos los colores de una fogata.
            Hechizaba el encanto de ese espectáculo y todos guardaron silencio
            mientras duró la danza del fuego que estalló en tonos de sangre, con
            ribetes verdes azulados y terminó con la noche cerrada cubierta de
            estrellas blancas y el cuerpo incandescente de Alejandro en el
            cielo.